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jueves, 17 de febrero de 2011

Jucal - Kibsaim. DICCIONARIO BÍBLICO ADVENTISTA DEL SÉPTIMO DÍA








DICCIONARIO BÍBLICO ADVENTISTA DEL SÉPTIMO DÍA
 




Francesco Lay Martínez
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Santos


Hermano Rafael (Rafael Arnáiz Barón)

Santos de la Iglesia catolica

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Contenidos - Contents
EL DICCIONARIO BÍBLICO ADVENTISTA DEL SÉPTIMO DÍA


Jucal - Kibsaim


Jucal


(heb. Yehûkal y Yûkal, "Yahweh es capaz [potente]"; también aparece en impresiones de antiguos sellos heb.).


Príncipe de Judá en tiempos del rey Sedequías. El rey lo envió a Jeremías con el pedido de que orara por Jerusalén (Jer. 37:3). Más tarde, creyendo que el mensaje de Jeremías desanimaba al pueblo, Jucal llegó a ser un enemigo del profeta y procuró su muerte (38:1-6).


Judá


(heb. Yehûdâh, "alabanza"; aram. Yehûd; cun. Yaudu, Yahudu, y Yakudu; gr. lóudas e lodá [tal vez de una variante del heb.]).


Por lo general, sobre la base de Gn. 29:35, el nombre se explica como "sea El (Dios) alabado", pero la etimología es incierta. El nombre aparece en un contrato entre documentos no bíblicos de los Rollos del Mar Muerto; en su forma aramea aparece en los papiros arameos de Elefantina del s V a.C.; también en antiguas monedas hebreas y asas de vasijas que se encontraron en Palestina.



1.


Cuarto hijo de Jacob con su esposa Lea (Gn. 29:32-35). Se casó con una señorita cananea. Súa, con quien se había relacionado por medio de un amigo cananeo (38:1, 2). Ella le dio 3 hijos: Er, Onán y Sela (vs 3-5). Tomó como esposa para su hijo Er a Tamar, otra señorita cananea (v 6). Cuando Er murió sin hijos, Judá dio a Tamar a su hijo Onán, en armonía con la costumbre de la época (vs 7, 8). Cuando Onán murió sin dejar heredero (vs 9, 10), Tamar volvió a la casa de su padre, con la promesa de Judá de que cuando Sela llegara a la madurez le sería dado por esposo (v 11).


Como Judá no cumplió su palabra, Tamar llegó a tener descendientes de Judá con engaño; tuvo 2 hijos: Fares y Zara (vs 12-30). Aunque Judá se revela como moralmente aberrante en ciertos aspectos, en muchas otras facetas de su carácter parece haber sido más ejemplar que sus hermanos.


No tomó parte en la masacre de Siquem, que realizaron Simeón y Leví (cp 34), y fue él, en un intento por salvar a José, quien propuso a sus hermanos que José fuera vendido y no asesinado (37:26-28). Más tarde, en Egipto, mostró mucha nobleza de carácter cuando José, sin que fuera reconocido por sus hermanos, quiso detener a Benjamín por haber supuestamente robado la copa de plata. Judá suplicó elocuentemente en favor de su hermano menor y se ofreció como prisionero a José para obtener la liberación de Benjamín (cp 44). Cuando Jacob y su familia emigraron a Egipto, Judá fue elegido para preceder al grupo y anunciar a José la llegada de Jacob (46:28). Cuando Jacob bendijo a sus hijos en su lecho de muerte, dio a Judá las bendiciones que correspondían al primogénito (49:8-12), pasando por alto a Rubén por su pecado de incesto (v 4), y a Simeón y Leví por su matanza de los siquemitas (vs 5-7). Las profecías pronunciadas en ese momento se cumplieron más tarde. La tribu de Judá llegó a ser la más importante de todas las de Israel, y Fares, uno de los hijos de Judá fue el antepasado de David y de la casa real del reino del sur (Rt. 4:18-22; 1 Cr. 2:3-15; 3:1-6), y de Jesús, el Salvador de la humanidad (Mt. 1:3-6, 16).



2.


Monte/s y cadena montañosa ubicada en la región de Judá (Jos. 11:21; 15:1-19; 21:11; etc.).



3.


Desierto (heb. midbar Yehûdâh; gr. heér'mos tes Ioudáias), aparentemente localizado 676 en el Neguev; o mejor aún, entre el Mar Muerto y los montes de Judá (Jue. 1:16; Sal. 63; etc.).



4.


Levita cuyo descendiente Cadmiel con sus hijos fueron destacados en los días de Zorobabel (Esd. 3:9). Se lo llama Hodavías en 2:40 y Neh. 7:43.
Posiblemente sea Judá 7.



5.


Levita que se casó con una mujer extranjera en los días de Esdras (Esd.
10:23
).



6.


Benjamita que era el 2º administrador de Jerusalén en los días de Nehemías (Neh. 11:9).



7.


Levita que regresó de Babilonia con Zorobabel (Neh. 12:8); posiblemente sea Judá 4.



8.


Judío destacado que tomó parte en la dedicación del muro de Jerusalén en tiempos de Nehemías (Neh. 12:34).



9.


Sacerdote y músico que participó en la dedicación del muro de Jerusalén en tiempo de Nehemías (Neh. 12:36).



10 y 11.


Dos antepasados de Jesucristo en la genealogía que registra Lucas (Lc.
3:26, 30
).


Judá, Tribu/Reino/Provincia de



(para la etimología, véase Judá; nombre oficial de la provincia persa que estableció Ciro [Esd. 5:8, BJ]).


El término "Judá" en la Biblia -aparte del nombre personal- corresponde a 3 etapas de la historia hebrea: 1. La tribu que descendía de uno de los 12 hijos de Jacob. 2. El reino compuesto principalmente por esta tribu. 3. El pueblo judío repatriado después del exilio. Históricamente, esta 3ª etapa era la continuación del reino de Judá compuesto por el remanente del pueblo hebreo -ahora llamados judíos- que vivía en Palestina. Sin embargo, ya no era una nación independiente, sino que estaba bajo la dominación persa.



I. Tribu.


Los descendientes de Judá, el 4º hijo de Jacob (Gn. 29:32-35). Se dividía en 5 familias principales, 3 de las cuales descendían de los hijos de Judá, y 2 de sus nietos (Nm. 26:19-22; 1 Cr. 2:3-6). Naasón es mencionado como el príncipe de la tribu de Judá bajo Moisés en el desierto (Nm. 1:7, 2:3; 7:12-17; 10:14). Otro líder notable durante la peregrinación por el desierto fue Caleb, el hijo de Jefone, quien también fue uno de los espías en representación de su tribu (13:6; 34:19). Judá fue la 1ª tribu en tomar posesión del territorio que le fue asignado después de la muerte de Josué.


Con la ayuda de la tribu de Simeón, los hombres de Judá fueron a la región montañosa de la parte sur de Palestina occidental, expulsaron a los cananeos de muchas ciudades y las ocuparon junto con sus alrededores (Jue. 1:1-20). Véase Judá 1.


El territorio asignado a la tribu estaba en la porción sur de Canaán. Jos. 15:1-12 describe sus fronteras, afirmando que el límite sur comenzaba en el extremo sur del Mar Muerto, pasaba por el desierto de Zin, rodeaba Cadesbarnea por el sur, y luego llegaba hasta el "río de Egipto", el Wâd§ el-{Arîsh, que seguía hasta su desembocadura en el Mar Mediterráneo. La frontera oriental estaba formada por el Mar Muerto. El borde norte comenzaba con el extremo norte del Mar Muerto: primero iba hacia el norte, pero al sur de Jericó giraba al oeste, subía por la cuesta de Adumim, probablemente el Wâd§ Qelt, y llegaba hasta En-rogel y el valle de Hinom al sur de Jerusalén. De allí giraba hacia el noroeste hacia Quiriat-jearim, luego hacia el sudeste hacia Bet-semes, y finalmente por Jabne (más tarde Jamnia) hasta el Mar Mediterráneo, que constituía el límite occidental. Sin embargo, Judá nunca fue dueña de la llanura costera, que estuvo mayormente ocupada por los filisteos.


El territorio de Judá se dividía geográficamente en: 1. La región montañosa (Jos. 15:48), densamente poblada en la parte occidental, pero prácticamente sin habitantes en la sección oriental, privada de lluvias, que constituía el desierto de Judá (v 61). 2. La Sefela, una planicie baja entre la región montañosa y la llanura costera (v 33; cf R. 10:27) en la que se encontraban algunas de las ciudades más fuertes del país. 3. El Neguev (Jos. 10:40), un desierto árido y casi estéril entre Beerseba y Cades-barnea. Aunque la mayor parte del territorio de Judá era montañoso, estaba bien adaptado para el cultivo de la vid (cf Gn. 49:10-12); tenía dentro de su territorio el valle de Escol, al norte de Hebrón (Nm. 13:23, 24), que hasta el día de hoy produce un excelente tipo de uvas. La Sefela, por otra parte, era el granero de Judá; como su posesión era de gran importancia, sus ciudades estaban bien fortificadas. Mapa VI E/G-1/3.


Judá era la tribu de la que provino Otoniel, el primer juez, quien libró a la nación de la opresión de Cusan-risataim, rey de Mesopotamia, al comienzo del período de los jueces (Jue. 3:8-11). Judá se unió con las otras tribus contra Benjamín (20:1, 18) aparentemente temprano en el período (v 28).


En un sentido ,Geográfico, Judá, Simeón y Dan formaban una unidad, y estas tribus fueron las que más sufrieron la opresión de los filisteos después que esa nación llegó a ser dominante en el s XII a.C. (10:7; 13:1).


Pero Judá parece haber tomado muy poca ingerencia en las guerras de las otras tribus contra las diversas opresiones que afligieron a Israel durante el tiempo de los jueces. 677


Cuando Samuel estableció el 1º reino, Judá apoyó a Saúl. Sin embargo, el hecho de que sus fuerzas son mencionadas en forma separada de las de las otras tribus (1 S. 11:8; 15:4; 17:52) parecen implicar que, posiblemente como resultado de eventos históricos no suficientemente conocidos por nosotros, o por causa del aislamiento geográfico, Judá se consideraba como algo diferente de las otras, las que habrían formado una unidad. Después de la muerte de Saúl, David, el héroe de la tribu de Judá, fue hecho rey en Hebrón, mientras que las tribus del norte siguieron a Is-boset, hijo de Saúl. Esta división duró hasta la muerte de Is-boset, 7 años más tarde, cuando los seguidores de la casa de Saúl se volvieron a David (2 S. 2:4; 5:1-3) y lo pusieron como rey de las 12 tribus. Por más de 7 décadas el reino permaneció bajo una casa real. David fue prudente al mudar su capital de Hebrón a Jerusalén (5:5), una ciudad que no había pertenecido a ninguna tribu hasta ese tiempo, y que por lo tanto era territorio neutral, ya que los celos entre las tribus siempre estaban presentes.



II. Reino.


La unidad de las tribus entre el sur y el norte era artificial, y se mantuvo sólo mientras los Gobernantes en el trono tuvieron personalidades fuertes, como las de David y de Salomón. Cuando ascendió un rey más débil después de la muerte de Salomón, las tribus del norte se separaron de inmediato de Judá. Excepto la tribu sacerdotal de los levitas, que se habría mudado en su mayor parte al territorio de Judá (2 Cr. 11:5-14), sólo la de Benjamín permaneció en el sur (1 R. 12:1-21). Desde entonces, y por unos 345 años (c 931-586 a.C.), la historia de la tribu de Judá es, en su mayor parte, la historia del reino de Judá. En este período gobernaron el reino del sur 19 reyes (todos descendientes de David) y una reina (la malvada Atalía). El reino comprendía los territorios de Judá y Benjamín, y, por un tiempo, el de Edom. Repetidamente hubo guerras con el reino del norte (1 R. 14:30; 15:7, 16; 2 R. 14:11, 12; 16:5) y tuvo que afrontar ocasionales invasiones de naciones vecinas. El 1º invasor fue el rey Sisac de Egipto, en tiempos de Roboam (1 R. 14:25-28; 2 Cr. 12:1-12). Más tarde, en el reinado de Asa, Zera de Etiopía atacó Judá (2 Cr. 14:9-15); finalmente, Asiria y Babilonia (2 R. 18:14; 24:10; etc.). Bajo el rey Joram, Edoni se perdió definitivamente (2 Cr. 21:8-10), con el resultado de que Judá llegó a ser un estado más bien insignificante.


Posteriormente, debió su supervivencia a la debilidad de Egipto y a la existencia del reino de Israel como un estado intermedio contra los enemigos del norte: los sirios y los asirios. Durante los últimos años del reino de Israel, Judá, bajo el rey Acaz, fue un estado vasallo de Asiria (2 R. 16:7-10); y después de la caída de Samaria en el 723/22 a.C., su límite norte daba con una provincia asiria.


Durante los siguientes 100 años Judá tuvo que pagar un fuerte tributo a Asiria o sufrir invasiones, como la del tiempo del rey Ezequías (18:13-16).


Uno de sus reyes, Manasés, fue llevado a Mesopotamia como rehén y pasó algún período en prisión (2 Cr. 33:11-13). Durante el tiempo de la declinación de Asiria, que siguió a la muerte de Asurbanipal, y hasta su total destrucción poco antes de la captura de Nínive por medos y babilonios, Judá tuvo un respiro, y bajo el rey Josías extendió su dominio sobre algunas partes del anterior reino de Israel (34:6, 7). Sin embargo, pronto Josías se encontró entre Egipto (que, bajo el rey Necao, aspiraba reconquistar su dominio sobre Palestina) y Babilonia (que se consideraba heredera del Imperio Asirio). Josías, evidentemente, eligió ponerse del lado de Babilonia, porque perdió su vida en una batalla contra Necao (2 R. 23:29, 30; 2 Cr. 35:20-24). Durante las 2 décadas de su existencia después de la muerte de Josías, Judá vaciló entre su lealtad a Egipto y a Babilonia, vio su territorio invadido en repetidas ocasiones por ejércitos enemigos, experimentó 3 capturas de Jerusalén, su capital, Y finalmente sufrió la destrucción de su soberanía y de sus ciudades, y presenció la deportación del grueso de su población a Babilonia (2 R. 23:31-25:21; 2 Cr. 36:1-20). Algunos de los judíos que dejaron los babilonios en el país emigraron a Egipto para escapar de la ira de Nabucodonosor después que algunos fanáticos asesinaron a Gedalías y a la guarnición caldea (2 R. 25:22-26). Parece que sólo quedó un grupo pequeño y sin importancia. Mapas VIII-X; XI, C-4.


Durante los 4 siglos de la historia de Judá, la adoración de Dios estuvo con frecuencia acompañada por la de dioses paganos, para quienes se habían levantado de tiempo en tiempo santuarios y lugares de culto desde Salomón hasta el fin del reino (1 R. 11:4-8; 14:22-24; 2 R. 21:1-7; etc.).


Aunque el país no experimentó la profundidad de la idolatría que se vio en el reino del norte, Judá era prácticamente una nación semipagana durante el período de los reyes. Algunos de éstos, como Asa (1 R. 15:11-14), Josafat (22:22-46), Ezequías (2 R. 18:1-4) y Josías (22:1-20), hicieron esfuerzos serios por eliminar la idolatría y los cultos paganos. Sin embargo,estas reformas 678 fueron temporarias, y la gente recaía en el paganismo. Esta fue la razón principal de la caída de la nación (2 Cr. 36:14-16; Jer. 22:6-9; etc.).



III. Provincia.


Las tribus del norte perdieron su identidad nacional en el exilio y se confundieron con las naciones entre las que habían sido establecidas por los asirios, pero el reino sureño de Judá y Benjamín la retuvo durante el exilio babilónico. Esto fue el resultado del liderazgo de hombres de fuerte conciencia nacional y espiritual como Jeremías, Daniel y Ezequiel. Cuando Ciro, el rey persa, dio permiso a los judíos para regresar a Palestina, unos 50.000 estuvieron listos para retornar. Bajo líderes religiosos y seculares enérgicos reconstruyeron el templo y reanudaron la vida política como nación bajo el Imperio Persa. En realidad, el exilio había servido como un proceso refinador, porque el pueblo de Judá descartó el paganismo y la idolatría a tal punto que nunca más llegaron a ser pecados nacionales.


Durante este período postexílico Judá aparece en la historia como una provincia del Imperio Persa, y retuvo sus antiguos nombres hebreo y arameo: Yehûdâh, Yehûd, ("Judá"). Mapa XII, D-5/6.


La capital de la provincia y el asiento del gobernador fue Jerusalén (Neh. 3:7, 8). Constituyó una de las muchas que pertenecían a la gran satrapía de {'Abar Nahara', "Más allá del río", que llegaba desde el Eufrates en el norte hasta Egipto en el sur. Los límites de Judá pueden ser establecidos con aproximación por la listas de las ciudades que se dieron a Esdras y Nehemías. El norte corría desde el Jordán vía Jericó y Betel (que estaban incluidas en el territorio de Judá), hasta Ono en el oeste. El occidental parece haber bordeado la llanura costera al oeste de la Sefela, y el borde sur comenzaba al sur de Bet-pelet y después de pasar Beerseba terminaba en el Mar Muerto. Durante el período persa, la provincia fue administrada por un gobernador designado por la corona. Conocernos algunos gobernadores judíos: Sesbasar (Esd. 1:8, 11; 5:14), que algunos eruditos identifican con Zorobabel (Esd. 3:8; Hag. 1:1; etc.), y Nehemías (Neh. 1:1; 5:14); quienes fueron gobernadores hebreos de los primeros tiempos. Además de éstos, se mencionan en 5:15 y Mal. 1:8 (BJ) otros gobernantes sin dar los nombres; un gobernador persa, Bigvai, que estaba en el cargo en el 407 a.C., aparece en los papiros de Elefantina. Los habitantes de la provincia eran judaítas, benjamitas, levitas y otros miembros de diversas tribus que habían constituido el anterior reino de Judá y que habían sido llevados cautivos, y tal vez algunos restos de las 10 tribus que habían ido a la cautividad con anterioridad (2 Cr. 11:1-17; cf Esd. 2:36-40; 4:1; Neh, 11:20; Jer. 50:4; Ez. 37:15-19; Zac. 8:13). Después de llegar a su patria (536 a.C.) bajo la dirección de Zorobabel, los judíos reocuparon sus antiguas ciudades, reconstruyeron sus casas (Hag. 1:4) y completaron el templo de Jerusalén (515 a.C.; Esd. 4:2; 6:15), a pesar de la oposición de las naciones vecinas. Sin embargo, las fortificaciones de Jerusalén no se completaron hasta casi un siglo después de Zorobabel bajo el liderazgo de Nehemías (Neh. 6:15). En el tiempo de Artajerjes I, la Ley de Moisés volvió a ser la ley del país, y Esdras, un escriba, fue puesto a cargo de la reorganización de la provincia en conformidad con el nuevo decreto (Esd. 7:11-26). Durante los 2 siglos que duró el Imperio Persa, el pueblo de Judá parece haber practicado su propia religión con poca interferencia de las autoridades persas, aunque bajo Artajerjes II hubo un intento de obligar a los judíos a adorar a Anahita, una diosa persa. Cuando los judíos demostraron hostilidad a la introducción de este culto extranjero, se desató la persecución y muchos judíos fueron desterrados a Hircania.


Cuando Alejandro Magno destruyó el Imperio Persa y fundó el suyo, la provincia persa de Judá llegó a ser parte del mundo helenístico. Después de la muerte de Alejandro, Judá cayó en manos de sus sucesores helenísticos, los Tolomeos, que fueron seguidos por los Seléucidas.


Después de un breve período de independencia y expansión bajo los Macabeos,fue tomada por los romanos, convertida en un reino vasallo y más tarde dada a Herodes el Grande. Después de eso, la región experimentó una existencia muy variada, bajo los descendientes de Herodes o bajo procuradores romanos, hasta su caída final durante las guerras judío-romanas del s I y del s II d.C. Para el período de Alejandro Magno en adelante, véase Judea.


Judaísmo.



Término poco usado en el NT. Sólo aparece en Gá. 1:13, 14, como traducción del gr. Ioudaïsmós, "judaísmo", donde Pablo recuerda a los gálatas su anterior celo extremista por las tradiciones, leyes y ceremonias de la religión judía.


Judas


(gr. Ióudas, [sea él (Dios)] "alabado [célebre]"; transliteración del heb. Yehûdâh, Judá).


Era un nombre judío común, especialmente desde los días del patriota Judas Macabeo, libertador de la tiranía de Antíoco Epífanes (175-164/63 a.C.).



1.


Hermano de Jesús (Mt. 13:55; Mr. 6:3), 679 comúnmente identificado como el autor de la Epístola de Judas (Jud. 1; cf v 17). Véanse Hermanos de Jesús; Judas, Epístola de.



2.


Judas Iscariote, hijo de Simón Iscariote (Jn. 6:71; cf 13:2, 26), el discípulo que traicionó a Jesús. El sobrenombre Iscariote lo distingue de otro de los Doce: Judas, el hijo de Jacobo (Lc. 6:16; Jn. 14:22). Se cree que el nombre Iscariote proviene del heb. 'îsh Qerîyôth, "hombre de Queriot", una ciudad al sur de Judá, entre Beerseba y el Mar Muerto. El sobrenombre probablemente indica que Judas era nativo de Judea, y si es así, el único de los Doce que no era galileo. La 1ª mención de Judas es su designación entre los Doce (Mr. 3:19); habría seguido a Jesús durante su ministerio en Judea. Aparentemente era un hombre de habilidad ejecutiva: fue el tesorero de los discípulos (Jn. 13:29). Que no era estrictamente honesto en el manejo del fondo común es evidente que Juan lo llama ladrón (12:6).


El tácito respeto con que los otros discípulos trataban a Judas sugiere que admiraban y reconocían su habilidad. Aproximadamente un año antes de su traición, Jesús predijo que uno de los Doce, a quien no nombró, lo entregaría (6:70, 71). La suave, aunque directa, reprensión de Jesús a Judas durante la fiesta en casa de Simón (el día anterior a la entrada triunfal; 12:12), por causa de su protesta de que el precio del costoso perfume de María podría habérsele confiado a él -"y dado a los pobres" (Mt. 26:6-13; cf Jn. 12:1-8)-, fue aparentemente la excusa que tuvo para hacer el 1º contacto con los sumos sacerdotes. Los encontró reunidos en la casa de Caifás, deliberando acerca de cuál sería el mejor procedimiento para eliminar a Jesús (Mt. 26:1-5, 14-16). Las "treinta piezas de plata" (v 15; es decir, 30 siclos) por las cuales Judas arregló la entrega de su Señor, eran el precio tradicional de un esclavo (Ex. 21:32). En la última Cena, Jesús gradualmente reveló a Judas que él conocía perfectamente su complot para traicionarlo. Mientras les lavaba los pies, Jesús dijo: "Limpios estáis, aunque no todos" (Jn. 13:10). Judas debió haber sospechado que Jesús se refería a él, pero los otros discípulos no tenían manera de saber a quién de ellos tenía en mente. Un poco más tarde, Jesús dejó bien en claro que el traidor estaba presente en la sala, citando Sal. 41:9: "El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar" (Jn. 13:18). Cuando dijo: "Uno de vosotros me va a entregar" (Mt. 26:21), habló en términos que no se podían entender mal. Unos pocos momentos más tarde, Jesús identificó al traidor: el que "mete la mano conmigo en el plato" (v 23). Finalmente Judas preguntó: "¿Soy yo, Maestro?", y Jesús le replicó: "Tú lo has dicho" (v 25).


Inmediatamente el traidor salió del aposento alto, mientras la amonestación final de Jesús resonaba en sus oídos: "Lo que vas a hacer, hazlo más pronto" (Jn. 13:27). Desde el momento de su primera oferta de traicionar a Jesús, Judas había estado buscando la ocasión favorable para poder realizar su pérfido negocio (Mt. 26:16). Sin duda, razonó que Jesús, ahora dentro de la ciudad, sería fácil presa para los sacerdotes, y fue directamente de la última Cena a los dirigentes judíos para hacer los arreglos finales de su traición.


Probablemente no estaba muy lejos del lugar del juicio ante el Sanedrín. Cuando Jesús se sometió a la sentencia de muerte, confesó públicamente su traición y arrojó las 30 piezas de plata a los pies del sumo sacerdote (27:3, 4), un acto que sin duda avergonzó a los dirigentes judíos. Más tarde, se suicidó y el dinero de su traición se usó para comprar el campo del Alfarero (Mt. 27:5-10; Hch. 1:18, 19).



3.


Hijo de Jacobo, uno de los Doce, cuidadosamente diferenciado de Judas Iscariote (Jn. 14:22). Sin duda debe ser identificado con Lebeo Tadeo (Mt. 10:3; Mr. 3:18; Lc. 6:16; Hch. 1:13).



4.


Judas el Galileo, que dirigió una rebelión alrededor del 7 d.C. cuando Quirino, el gobernador romano de Siria a la que Judá había sido agregada el año anterior, y Coponio, el 1º procurador romano de Judea, procuraron por 1ª vez imponer un tributo romano directo sobre los judíos (Hch. 5:37).


Josefo menciona varias veces esta rebelión. Judas prohibió el pago del tributo a los romanos sobre la base de que los judíos eran el pueblo elegido de Dios y de que él les había dado la tierra de Canaán. Ningún poder extranjero, afirmaba, tenía derecho de cobrarles tributos, y pagarlos no era menos que la esclavitud. Josefo describe la rebelión como una guerra religiosa. Judas y sus seguidores estaban afiliados a los fariseos, y aunque el movimiento fracasó y su dirigente fue muerto, de entre ellos surgió la secta o partido de los zelotes. Probablemente los zelotes se puedan identificar con los sicarios, u "hombres del puñal", que fueron los principales responsables de provocar la guerra judía del 66-73 d.C. que desembocó en la destrucción de Jerusalén, el incendio del templo y la aniquilación de la nación.


Bib.: FJ-AJ xviii.1.6; xx.5.2; FJ-GJ ii.8.1; 18.8; vii.8.1.



5.


Judío de Damasco con quien Pablo estuvo 680 alojado por un tiempo después de su conversión (Hch. 9:10, 11).



6.


Judas Barsabás,* un dirigente de la iglesia de Jerusalén que, con Silas, fue designado para acompañar a Bemabé y a Pablo a Antioquía con la carta que anunciaba la decisión del Concilio de Jerusalén respecto de los conversos gentiles (Hch. 15:22, 27, 32). Tenía el don profético y se ocupaba del ministerio público (v 32).


Judas, Epístola de.



La última de las epístolas generales que aparece entre Hebreos y el Apocalipsis. Es "general" en el sentido de que no especifica a ningún individuo o iglesia particular como receptor pues está dirigida a los miembros de todas partes (véase CBA 7:719, 720).



I. Autor.


El autor se identifica diciendo sencillamente: "Judas. siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo" (Jud. 1). Se acepta generalmente que el Jacobo mencionado aquí es el hermano del Señor, más tarde un dirigente de la iglesia de Jerusalén (Hch. 12:17; 15:13). Si es así, el autor de la epístola de Judas era también un hermano de nuestro Señor, ya que los autores de los Evangelios indican que los hermanos de Jesús incluían a un Jacobo y a un Judas (Mt. 13:35; Mr. 6:3). Dos de los Doce se llamaban Judas -Judas Iscariote (Mr. 3:19) y Judas el hijo de Jacobo (Jn. 14:22)-, pero la epístola (Jud. 17) parece indicar que el autor no era uno de los Doce. Que el autor sencillamente se identifique como el "siervo de Jesucristo" (v 1) podría reflejar su vacilación de aprovecharse de la ventaja de una relación con Jesús. Véase Jacobo 3.



II. Ambientación.


La epístola no proporciona información directa acerca de las circunstancias en las cuales fue escrita o las de quienes habían de recibirla. Pero nota que había elementos perturbadores que actuabais en la iglesia (Jud. 4, 8; etc.). Las referencias a ciertos maestros heréticos (Jud. 4, 8, 10-13, 15, 18) recuerdan una advertencia similar planteada por Pedro (cf 2 P. 2:1-3:3) y por Juan (1 Jn. 2:18, 19, 22, 23; 4:1-3; 5:10). Esta similitud sugiere que Judas fue escrita como una advertencia contra las mismas tendencias heréticas: el gnosticismo incipiente de Cerinto y los docetistas. Una porción considerable del libro (Jud. 4-18) es muy similar a 2 P. 2:1-3:3; no sólo se usan los mismos pensamientos, sino en muchos casos las mismas palabras, algunas de las cuales son poco usuales (cf Jud. 4, 16 con 2 P. 2:1, 3). Parecería que un esentor tomó del otro o ambos tuvieron acceso a una fuente común, hoy desconocida. Los eruditos bíblicos sugieren que Judas habría sido el 1º de los 2 escritos, ya que sería difícil de explicar por qué Judas escribiría una carta si tenía poco más que decir que lo que había escrito Pedro. Concluyen que es más fácil que Pedro haya incorporado algunos pensamientos de Judas en su epístola junto con una cantidad de material que él añadió, y no lo inverso. A menudo ha ocurrido que la más corta de 2 obras similares es la más antigua. Sin embargo, se pueden presentar también razones plausibles para lo contrario, y el tema no puede ser resuelto en forma definitiva. De todos modos, las condiciones que refleja la epístola ya existían en la última parte del s I d.C. Véanse Juan, Epístolas de; Juan, Evangelio de.



III. Tema.


Judas había tenido la intención original de escribir una epístola sobre el tema general de la salvación, pero habiendo sabido que maestros heréticos y licenciosos estaban molestando al rebaño, decidió enviar una advertencia contra ellos para desenmascarar su verdadero carácter (Jud. 3). Los libertinos de la epístola de Judas son sin duda las mismas personas que sostenían ideas falsas acerca del carácter de Cristo: los herejes como Cerinto y los docetistas. Entre estos gnósticos se permitían abiertamente, y también se defendían, las pasiones sensuales. Véase Nicolaítas.



IV. Contenido.


Después de su introducción (vs 1-4), Judas cita incidentes históricos como una advertencia contra la apostasía (vs 5-7). En los vs 8-11 caracteriza la desafiante actitud de los falsos maestros de sus días; luego presenta la inutilidad de su curso de acción (vs 12 y 13). Apunta a su destrucción cierta (vs 14-16), y a la aparición de estos maestros licenciosos como una evidencia de que ahora es "el postrer tiempo" (vs 17-19). En su conclusión (vs 20-25) amonesta a los creyentes a edificarse en la "santísima fe" y a ser pacientes hasta la venida del Señor.


Judea


(heb. Yehûdâh y Yehûd; gr. Ioudáia, "la alabanza del Señor" [una forma adjetiva del aram. Yehûdâyê' y Yehûdâh, "(perteneciente a) Judá", "(la tierra de) Judá", o "tierra de los judíos"]).


Las 3 referencias a Judea en el AT (Esd. 5:8; 7:14-1 Dn. 5:13) se deberían leer "Judá", puesto que el nombre "Judea" es la forma latinizada del gr. Ioudáia (mientras que Judá en griego es Ióudas).



I. Región.


Judea se refiere primariamente a la región de Palestina al sur de Samaria, ocupada por la antigua Judá; secundariamente, a toda la tierra de los judíos con sus fronteras variables. En el NT, Judea generalmente significa la región que está al sur de Samaria (cf Mt. 2:1, 5; Mr. 3:7, 8; Hch. 9:31; etc.), aunque a veces significa más. Propiamente, la Judea 681 del NT designa la parte al sur de Palestina en contraste con Samaria, Galilea, Perea e Idumea; sin embargo, se piensa que a veces se usaba en un sentido más amplio para la región ocupada por la nación judía (por ejemplo, a Herodes, que regía toda Palestina, se lo llama "rey de Judea"; Lc. 1:5). Este último sentido parece ser el significado en Lc. 23:5, pero no en Jn. 7:1.


Este artículo comienza más o menos arbitrariamente en el tiempo de Alejandro Magno, en el período cuando comenzó la influencia y el dominio griegos, simbolizados por el término Judea, que es el nombre griego del país. Cubre el período intertestamentario y el del NT. Para los períodos anteriores, véase Judá, Tribu/Reino de.



1. Período intertestamentario.


Cuando Alejandro conquistó el país que bordeaba el Mediterráneo oriental, Jerusalén no se resistió; en cambio, de acuerdo con Josefo, el sumo sacerdote lo recibió como un huésped honrado y como un conquistador predicho en la profecía. Alejandro otorgó condiciones favorables a los judíos, y estableció a muchos de ellos en su nueva ciudad de Alejandría.


Después de su muerte, Judea fue parte del territorio de sus sucesores, y gobernada primero por los Tolomeos de Egipto; sin embargo, varias veces cambió de manos entre éstos y los Seléucidas de Siria. Mapa XIII, C-3/4.


Los judíos fueron, en general, bien tratados durante los primeros 150 años del dominio helenístico. Bajo los Tolomeos y los primeros Seléucidas tuvieron una gran autonomía. Judea era un "estado-templo" gobernado por el sumo sacerdote; el gobernante helenístico generalmente quedaba satisfecho mientras se le pagaba regularmente su tributo. Los judíos estaban en libertad de retener sus propias costumbres y religión, aunque entre las clases superiores había una tendencia creciente a adoptar las costumbres, la vestimenta y el idioma griegos. Sin embargo, cuando Antíoco IV Epífanes intentó helenizar a los judíos por la fuerza, se produjo una reacción. En el 168 a.C. ordenó que cesaran de adorar a Dios, de observar el sábado, de practicar la circuncisión, y que participaran en los sacrificios paganos de animales inmundos a Zeus y Dionisio. Hizo consagrar el templo de Jerusalén a Zeus, y ordenó que se ofrecieran animales inmundos sobre su altar. Abolió el sábado, como también la lectura de la ley: los libros sagrados fueron destruidos, y los piadosos judíos leales a la religión de sus padres fueron torturados y muertos. La resistencia finalmente tomó forma en la rebelión de los Macabeos (Matatías, sus hijos y sus seguidores). La 1ª acción contra los sirios fue una guerra de guerrillas, pero bajo Judas Macabeo se libraron verdaderas batallas y se lograron extraordinarias victorias. La fortuna de la guerra cambiaba de tanto en tanto, pero al fin Judea surgió de esta lucha como una nación libre. Desde el 143 a.C. se consideró independiente, y desde el 104 a.C. fue un reino soberano que dominaba una buena parte de Palestina e incluyó, por momentos, ldumea (Edom), Samaria, Galilea y regiones de Transjordania y del noreste del Mar de Galilea. En el 63 a.C. Pompeyo tomó Jerusalén, y Judea quedó bajo la dominación romana y fue gobernada como un reino vasallo por los últimos gobernantes macabeos.


En el 40 a.C. los romanos designaron un nuevo gobemante local como rey de Judea, a Herodos "el Grande", de origen idumeo. Mapa XIV.


Bib.: FJ-AJ xi.8, 4, 5.



2. Tiempos del Nuevo Testamento.


Cuando nació Jesús, poco antes de la muerte de Herodes, el reino de Judea casi tenía el mismo tamaño que había controlado el rey David.


Después de la muerte de Herodes (4 a.C.) el reino se dividió, y Judea con Samaria fueron puestas bajo su hijo Arquelao, que recibió el título de etnarca. Cuando Arquelao fue depuesto por mala administración (6 d.C.), dejó de ser gobernada por gobernantes locales y se la colocó bajo la administración provincial romana. Después de haber gozado de autonomía local bajo gobernantes persas, helenísticos y romanos, tuvo gobernantes extranjeros, procuradores romanos que tenían su sede en Cesarea. Siete procuradores gobernaron Judea y Samaria durante 35 años, lo que crearon una oposición judía decidida. Luego estas regiones fueron añadidas al reino de un descendiente de Herodes, Agripa I, que gobernaba Galilea, Perea y el noreste. Fue rey de Judea desde el 41 al 44 d.C. Después de su muerte, Judea y Samaria se convirtieron otra vez en una provincia bajo procuradores. La mayoría de los 7 procuradores que gobernaron el país durante los siguientes 22 años fueron hombres despreciables y egoístas, cuyos actos necios e indignos de un estadista contribuyeron mucho a provocar la rebelión del 66 d.C. Esta guerra terminó con la destrucción de Jerusalén y del templo (70 d.C.) por Tito, y el fin del estado de Judea y de la nación judía como tal. Mapas XV, XVI. Véase Jesucristo I y II.



II. Montañas.


Cadena montañosa que recorría, de norte a sur, todo el territorio de Judea y cuya elevación más importante correspondía 682 al sitio donde estaba asentada la ciudad de Jerusalén (Lc. 1:65).


Judía


(gr. ioudáia, "mujer de Judá").


Mujer hebrea de sangre o de religión (Hch. 16:1; 24:24).


Judío


(heb. yehûdî, "hombre de Judá"; aram. yehûdâ ['] y; ac. yaûdai; gr. ioudáios).


Término que aparece por 1ª vez en el tiempo del rey Acaz para designar a los ciudadanos o súbditos del reino de Judá (2 R. 16, NBE; 25:25, BJ; Jer. 32:12; 34:9; etc.; a veces traducido "de Judá"). Pero el término derivado Yehûdîth aparece mucho antes, en los días del rey Ezequías, para designar la lengua hebrea (2 R. 18:26 DHH; Is. 36:11, DHH; traducido en la RVR como "lengua de Juda"). La mayor parte de los exiliados que regresaban era de la tribu de Judá, ya que a esta comunidad pertenecían los cautivos del reino de Judá que fueron llevados a Babilonia unos 70 años antes. Sin embargo el decreto de Ciro se aplicaba a los miembros de todas las tribus, puesto que incluía a "quien haya entre vosotros de su pueblo" (Esd. 1:3).


Por esto, el nombre "judío" llegó a aplicarse en general a todos los que regresaron (Esd. 4:12, 23; Neh. 1:2; etc.), y, obviamente, incluye a otros, además de los descendientes de Judá; también es claro que Judá incluía a los habitantes de otras tribus (1 Cr. 9:3). En realidad, desde el tiempo de la división, muchos ciudadanos del separado reino del norte se habían establecido en Judá con el fin de adorar al verdadero Dios (2 Cr. 11:13-6; 15:9). Tanto "Judá" como "Israel" estaban incluidos en el Judá postexílico (Zac. 8:3-5, 13), y los "judíos" que reconstruyeron el templo probablemente incluían a "todo Israel" (por lo menos sacrificaron 12 cabras por las 12 tribus; Esd. 6:14-17). Más tarde, el término "judío" incluyó a todas las personas de raza hebrea en cualquier país en que viviesen (Hch. 2:10; etc).


Estos se distinguían de los gentiles (Mr. 7:3; Jn. 2:6; etc.) y de los samaritanos (Jn. 4:9).


Judit


(heb. Yehûdî, "judía" o "la alabada" [forma Femenina de Yehûdâh, Judá).


Hija de Beeri el heteo y una de las esposas de Esaú (Gn. 26:34).


Jueces.



Véase Juez.


Jueces, Libro de los.



Compilación de la historia del pueblo hebreo desde la muerte de Josué (1375 a.C.) hasta el establecimiento de la monarquía (1050 a.C.), un período de aproximadamente 300 años. El libro recibe su título del nombre con que se conocieron a los hombres designados por Dios para gobernar Israel en ese período (Jue. 3:15; 4:6; 6:12; etc.). El cargo de juez concentraba la autoridad civil y militar, pero el libro enfatiza principalmente la conducción de la milicia para liberar a Israel de la opresión extranjera.


Como sus hazañas eran mayormente guerreras, el término "caudillo" describiría más exactamente su función. La necesidad de esos líderes surgió por causa de la apostasía, la anarquía y la opresión extranjera. Los jueces más ilustres -como Gedeón, Débora y Sansón- llegaron a ser héroes nacionales por esto, el registro del libro de Jueces es mayormente de operaciones militares.



I. Autor y Ambientación.


La antigua tradición judía afirma que Samuel fue el autor del libro (Talmud
Babilónico, Baba Bathra 14b, 15a). La expresión repetida: "En aquellos días no había rey en Israel" (Jue. 17:6), indica que el libro fue escrito después que se estableció la monarquía bajo Saúl. Sin embargo, debería fecharse antes de la victoria de David sobre los jebuseos y la torna de Jerusalén a comienzos de su reinado (2 S. 5:6-9; cf Jue. 19:10, 11). La ocupación de Canaán por los hebreos fue un proceso gradual (Jue. 2:3).


La conquista preliminar, que se completó en 6 o 7 años después del cruce del Jordán, proporcionó espacio suficiente para proveer hogares permanentes para todos y tierra para las diferentes tribus (Jos. 11:16, 23).


Pero aún después que "Josué [tomó] toda la tierra", le dijo al pueblo: "Queda aún mucha tierra por poseer" (13:1). Al principio, los hebreos ocuparon mayormente la región montañosa del centro del país, mientras que las tribus cananeas siguieron viviendo en los valles y las llanuras.


"Y sirvió Israel a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué" (Jos. 24:31), pero después que pasó la generación que había presenciado el poder de Dios en el cruce del Jordán y la conquista preliminar de la tierra, el pueblo adoptó las costumbres y prácticas religiosas de los cananeos. La apostasía creciente fue acompañada por el deterioro de la vida social, civil y militar, hasta el punto que fueron incapaces de defenderse de las tribus cananeas que los rodeaban y, mucho menos, extender sus conquistas. Sin un gobierno central permanente, y de no ser por la conducción de los jueces que se levantaban de tiempo en tiempo, "cada uno hacía lo que bien le parecía" (Jue. 17:6; 21:25; etc.). De modo que las tribus, separadas como estaban unas de otras por pueblos cananeos fortificados, estaban muy expuestas a los ataques, y sólo con dificultad podían unir sus fuerzas para aferrarse a la tierra que ya habían quitado a la población 683 local hostil. La gran lección del libro es que el pecado y la apostasía dan como resultado el retiro de la mano protectora de Dios, pero que el verdadero arrepentimiento trae liberación y la justicia exalta a la nación.


LOS JUECES




II. Bosquejo y Contenido.


El libro de Jueces se divide en 3 secciones principales. En la 1ª (1:1-3:6), el autor describe la situación al comienzo del período. Relata los esfuerzos de las tribus por consolidar sus diversas asignaciones en Palestina, resume la historia del período e interpreta las lecciones que debían aprender de ella. En la 2ª sección el autor trata del período en orden cronológico (3:7-16:31), retomando las sucesivas etapas de opresión y la designación de un juez tras otro para liberar a Israel. Los más notables de estos héroes nacionales fueron Débora y Barac, que derrotaron una coalición en el norte de Canaán; Gedeón, que expulsó a los madianitas; Jefté, que derrotó a los amonitas; y Sansón, que tuvo diversas aventuras con los filisteos. La 3ª sección (17:1-21:25) cuenta 2 incidentes del período, sin duda para ilustrar cómo era la vida en este tiempo de la historia hebrea (véase CBA 2:301-306). Véanse los nombres de los diversos jueces.


Juego.



La palabra heb. shâ{a{ se refiere a los juegos de los niños (ls. 11:8). Tsâjaq describe a Ismael jugando o molestando a su hermano menor Isaac (Gn. 21:9), y el "regocijarse" de los israelitas en la dedicación del becerro de oro en el monte Sinaí (Ex. 32:6). Que esta última actividad consistía en cantar y bailar es evidente por los vs 17-19 y de 1 Co. 10:7.


Aunque juegos sociales no se mencionan específicamente en la Biblia, la evidencia arqueológica muestra que existieron en la antigua Palestina. El más antiguo que se ha descubierto hasta ahora fue hallado en Tell Beit Mirsim, y procede de c 1600 a.C. Consiste en un dado piramidal y 2 juegos de piezas: 5 pirámides triangulares y 5 conitos, todos de loza fina (fig 294). El tablero, desafortunadamente, no apareció (fig 232).


294. Dados y piezas de juego encontrados en Tell Beit Mirsim.


Bib.: BASOR 39 (1930):6, 9. 684


Juez


(heb. pelîlîm [del verbo pâlal, "juzgar", "decidir", "opinar"]; shôfêt [participio activo del verbo shâfat, "juzgar"], "el que juzga"; gr. dikastes, krites).


La palabra shôfêt (Ex. 2:14; 18:13-26; Dt. 16:18) fue tomada por los hebreos de los cananeos, y designa a alguien que dirime una cuestión según la justicia (aunque más bien es un apreciador en sus actuaciones, y su acción es más arbitraje que una sentencia judicial; este, sentido tendría la recomendación de Pablo en 1 Co. 6:1-6). Los gobernantes de Cartago, descendientes de los fenicios, llevaron ese título durante siglos. Para los romanos el título era conocido en una forma corrompida, suffes, cuyo plural era suffetes. El término pelîlîm (Ex. 21:11; Dt. 32:31; Job 31:11) se emplea tanto para designar a un juez en sentido general como en la acepción de policía correccional.


Funcionario público y civil encargado de dictaminar justicia. Poco después que Israel salió de Egipto, Moisés, por consejo de su suegro Jetro, designó hombres que actuaran como jueces y gobernantes sobre grupos de 10, 50, 100 y 1.000, un sistema aproximadamente similar a nuestros juzgados actuales (Ex. 18:13-26). Estos hombres debían actuar con rectitud, sin temores y sin parcialidad (Dt. 1:16, 17), mediante el código de leyes como norma para juzgar que Dios dio a Moisés (Ex. 20-23; Lv. 18-20; etc.). Al establecerse en Canaán, los israelitas debían designar jueces y funcionarios en todos sus pueblos (Dt. 16:18-20; 17:8-12). Después del establecimiento del reino, el rey llegó a ser el juez principal en asuntos civiles (1 R. 3:9; 7:7; cf 1 S. 8:5). David designó levitas como jueces (1 Cr. 23:4; 26:29), y Josafat rnejoró el sistema judicial en Judá, designó jueces en todas las ciudades fortificadas y estableció una suprema corte en Jerusalén, que en todo lo religioso lo presidía el sacerdote principal, y en lo civil, el príncipe de Judá (2 Cr. 19:8, 11).


En un sentido especial, el término "juez" se aplica a los magistrados que Gobernaron Israel en el período entre Josué y el establecimiento de la monarquía. Por causa de la idolatría, el Señor permitía que diversos enemigos oprimieran a Israel por un tiempo (Jue. 2:14). Cuando clamaban a Dios como resultado de sus dificultades, él suscitaba jueces (v 18) que los libraban y los juzgaban (2:16; cf 10:2). De este modo, el período de los jueces se caracterizó por la alternancia de apostasía con servidumbre y de arrepentimiento con liberación; siempre se repetía el esquema de apostasía, declinación y opresión. Estos jueces no gobernaron en sucesión ininterrumpida, sino que aparecieron esporádicamente, a veces en forma contemporánea en diferentes partes del país; es decir, mientras algunos de los jueces gobernaban la nación entera, otros servían sólo a una tribu o a un grupo de ellas.


Uno de los grandes temas de Salmos es la función de Dios como juez supremo (Sal. 7:8, 11; 9:8; 58:11; 82:1; 96:13). Los hombres a menudo apelaron a Dios cuando sentían que sufrían injusticias de mano de los hombres (Sal. 35:24-43:1). En definitiva, Dios será el juez final y su juicio satisfará todas las demandas de la justicia (Ez. 33:20; 2 Ti. 4:1; Ap. 19:2).


El ha designado un día en que ha de juzgar al mundo) con justicia (Hch. 17:31). La base del justo juicio de Dios será, en cada caso, la evidencia de la vida de cada persona juzgada (Ec. 12:14; Lc. 19:22; Ro. 2:12, 27, 14:10; 2 Co. 5:10; Ap. 20:12, 13). Véanse Árbitro; Cronología (III); Historia bíblica (III), Jueces, Libro de los.


Juicio


(heb. generalmente mishpât, "decisión", "derecho", "justicia". "ordenanza"; gr. generalmente kríma, "sentencia judicial"; y krísis,"acto de juzgar", "ejecución de una sentencia").


Término que se puede referir al proceso de juzgar (Dt. 1:17; Is. 28:6; Mal. 3:5), a la decisión judicial (Dt. 16:18), a la sentencia (Ap. 17:1), a las decisiones de Dios como las expresa su voluntad revelada (Sal. 19:9), a la justicia en sí (ls. 1:17) o a la ejecución de una sentencia previamente definida (Jer. 51:9; Ap. 19:2). Véase Día del juicio.


Julia


(gr. Ioulían, "de cabello suave" o "felpudo"; del lat. Julia [forma femenina de Julius, Julio*], un nombre romano común).


Mujer cristiana de Roma a quien Pablo envió saludos, posiblemente la esposa o la hermana de Filólogo (Ro. 16:15). El nombre Julia perteneció no sólo a diversas mujeres destacadas de la casa de Julio sino también a muchos esclavos y muchas mujeres libertas de comienzos del período imperial.


Julio


(gr. Ióulios, "de cabello suave" o "felpudo"; del lat. Julius; un nombre romano común, mejor conocido por el de Cayo Julio César, y que originalmente perteneció específicamente al clan Julio).


Centurión de la compañía Augusta, encargado de llevar un grupo de prisioneros a Roma, entre quienes estaba Pablo (Hch. 27:1). Trató al apóstol con mucha bondad y le permitió bajar a tierra en Sidón para visitar a sus amigos (v 3). Aunque no escuchó las advertencias de Pablo en Creta (v 11), le prestó atención más tarde, e impidió que los marineros abandonaran el barco (vs 31, 32). También lo salvó en ocasión del naufragio 685 al impedir que los guardias mataran a los prisioneros (vs 42, 43).


Junco


(heb. 'agmôn y gôme'; términos que a veces se traducen por "caña"* [ls. 9:14]).


Papiro. Los juncos, mejor conocidos como plantas de papiro* (del que se hacía el material para escribir más conocido en el antiguo Egipto), se extinguieron (aunque todavía crecen en algunas partes del Sudán y otros países del Cercano Oriente). La parte superior de la planta forma como un penacho que se baja, o ilustra a la persona que, al ayunar o en caso de dolor, inclina su cabeza (58:5). También cabe mencionar la palabra heb. 'âjû, "planta de los pantanos", "junco" (Job 8:11), que es un extranjerismo proveniente del egip. i1y e iy1, "planta de los pantanos"; y 'êbeh (Job 9:26, BJ). La arquilla donde fue puesto el bebé Moisés estaba hecha con esta planta de los pantanos (Ex. 2:3), y también los botes que surcaban el Nilo (ls. 18:2; fig 409). El heb. sûf, "carrizo", también sería una especie de junco (Ex 2:3, 5; Is. 19:6).


Bib.: PB 92-94.


Junias


(gr. Iouniás, si es nombre masculinos; Ióunia, si es femenino).


Cristiano de Roma a quien Pablo envió saludos (Ro. 16:7). El contexto sugiere que era un hombre. Algunos comentadores creen que, puesto que se mencionan varias casas cristianas en la lista de los creyentes en Ro. 16 (vs 3. 13, 15), la persona aquí mencionada era la esposa de Andrónico, por lo que se debería llamar por su nombre femenino: Junia. Iouniás, "Junias", no ha sido verificado en otras partes, pero puede ser una contracción del lat. Junianus.


Junquillo


(heb. {ârâh).


Planta amarilidácea de jardín, de flor amarilla parecida al narciso, de intenso aroma y tallo liso parecido a un junco (Is. 19:7, DHH: la versión que más se acerca al término hebreo). La BJ y la RVR tradujeron bien como "prado" y "pradera", respectivamente (aunque se referiría a un sembrado de granos); la NBE, "hierba" la LPD, "vegetación" (pero otros consideran que se trata de juncos o cañas).


Juntura


(heb. mejabbereth [del verbo jâbar, "unir"]).


Pieza alargada de hierro, en forma algo romboidea en algunos extremos, que se ponía en 2 bloques adyacentes de piedra para mantenerlos juntos sin moverse (1 Cr. 22:3).


Júpiter


(gr. Zéus; lat. Jupiter, "el padre que ayuda").


Dios principal del panteón griego, que los romanos identificaron con su divinidad más importante, Júpiter. El templo principal de Zeus estaba en Olimpia, en Elis, Grecia. Cuando la cultura y la religión helenísticas se extendieron al mundo oriental, muchos templos se dedicaron a Zeus en otras tierras (fig 405). En sus esfuerzos por helenizar Judea, Antíoco IV Epífanes dedicó el templo de Jerusalén a Zeus Olímpico, y los samaritanos llamaron a su templo sobre el monte Gerizim con el nombre de Zeus. En el período greco-romano la ciudad oasis de Palmira (Tadmor) adoraba a su dios patrono babilonio Bel, y helenizaron su nombre para llamarlo Zeus-Belos (fig 295; cf fig 484). Muchos otros santuarios existentes en Siria (fig 59) y en Palestina adoptaron a Zeus como su deidad principal.


Cuando Pablo sanó al paralítico (Hch. 14:12), la gente de Listra creyó que Bernabé era Júpiter (Zeus) y Pablo, Mercurio (el dios que los griegos llamaban Hermes). Al describir el incidente, Lucas menciona a un sacerdote de Júpiter y un templo "frente a la ciudad" dedicado a él (Hch. 14:13). Aunque se han descubierto los restos de antiguos templos de Júpiter en muchas ciudades del Asia Menor, el templo de 686 Zeus en Listra no se menciona en fuentes extrabíblicas, como tampoco se han encontrado sus ruinas. En Hch. 19:35, aparece "Júpiter" en la frase que traduce el gr. diopetes, que literalmente significa "caída de Zeus" o, en un sentido más amplio, "caída del cielo".


295. Columnas que rodean la corte del gran templo dedicado a Bel (el arameo Baal), construido en el 32 d.C. en Palmira (Tadmor). Para los palmireños helenizados, Bel era conocido como Zeus-Belos.


Juramento


(heb. 'âlâh, "execración [maldición]", "juramento" [literalmente, "¡tal me haga Dios si no cumplo!"]; shebû{âh, "una blasfemia", "un juramento"; gr. hórkos y horkÇmosía, "juramento").


También aparece en frase, verbales que traducen una forma del heb. shâba{,"tomar un juramento", y del gr. anathematízÇ, "atar con un juramento" (un vocablo relacionado es katáthema, "algo bajo la maldición de Dios").


Apelación a Dios para que testifique de la veracidad de una afirmación, o la solemne intención de cumplir una promesa, implicando una sumisión voluntaria a los juicios divinos como alternativa. Shebû{âh se relaciona probablemente con sheba{, "siete", el número sagrado que aparece con frecuencia en el rito del juramento. '=lâh es una palabra más fuerte que shebû{âh, porque invoca una maldición sobre quien quebranta el juramento (Neh. 10:29; Dn. 9:11). Esto es evidente de Nm. 5:21, donde aparecen ambas palabras: "juramento" [shebû{âh] de maldición ['âlâh]".


Tanto 'âlâh (Gn. 24:41; 26:28) como shebû'âh (Gn. 26:3; Dt. 7:8; Sal. 105:9) se usan para certificar una verdad. El juramento desempeñaba una parte importante en las acciones judiciales (Ex. 22:11), ya que, en realidad, un juramento llamaba a Dios como testigo. En armonía con esto, los juramentos falsos o la violación de un juramento eran considerados como una grave ofensa contra Dios (2 Cr. 36:13; Ez. 17:13), y jurar falsamente invocando el nombre de Dios profanaba el nombre (Lv. 6:3; 19:12). Se prescribían penas y restituciones en caso de intentos deliberados de engañar bajo juramento (5:1; 6:1-7). La ley prohibía estrictamente los falsos juramentos (Ex. 20:7; Lv. 19:12) o jurar por dioses falsos (Jer. 12:16; Am. 8:14), lo que necesariamente implicaba la realidad de los falsos dioses y su capacidad para intervenir en el caso. El perjurio era considerado correctamente como el crimen más vil, porque tendía a pervertir la justicia. En ninguna circunstancia podía un hombre "quebrantar su palabra" una vez que se había comprometido a algo con un juramento a Dios, porque se le pedía que hiciera "conforme a todo lo que salió de su boca" (Nm. 30:2, 3; Dt. 23:22, 23). En consecuencia, se consideraba meritorio que un hombre cumpliera su promesa a pesar de que hacerlo le produjera una pérdida (Sal. 15:4). Adaptando su trato con el hombre a la comprensión humana y a las costumbre de la época, Dios se comprometió con un juramento a cumplir sus promesas (Gn. 22:16-18; He. 6:13-20).


Un juramento se pronunciaba corrientemente con una mano levantada hacia el cielo (Gn. 14:22, 23; Ez. 20:5, 6), o poniendo una mano bajo el muslo de la persona a la que se le hacía la promesa (Gn. 24:2, 3). Era costumbre jurar por la persona a la que se hablaba (1 S. 1:26; 2 R. 2:2), por la vida del rey (2 S. 11:11), por su propia vida (Mt. 5:36), por el cielo -es decir, por Dios mismo- (v 34), y por el templo o partes de él (23:16). La fórmula a menudo era: "Dios es testigo entre nosotros dos" (Gn. 31:50), "Vive Jehová" (Rt. 3:13), "Jehová sea entre nosotros testigo de la verdad y de la lealtad" (Jer. 42:5), etc.


Nuestro Señor citó la Ley de Moisés con respecto al perjurio y al conjuro de una promesa (Mt. 5:33-37), pero rechazó las fórmulas complicadas de tomar juramento que eran costumbre en su época, declarando que un Sí o un No deberían tener el mismo peso que un juramento. Aquí Cristo estaba tratando, no tanto acerca de los juramentos judiciales sino de las promesas solemnes de la vida diaria. Lo que importa, dice, es la forma en que se cumplen las promesas, no tanto la forma en que se las hace.


Además, la práctica de invocar el nombre de Dios en ciertas circunstancias implica que un hombre puede hablar con falsedad cuando no está bajo juramento. La Biblia aprueba específicamente los juramentos judiciales (Ex. 22:11). Nuestro Señor hizo un juramento ante el Sanedrín (Mt. 26:63-65), y el apóstol Pablo puso a Dios por testigo de la verdad de las cosas que escribía (2 Co. 1:23; 11:31; Gá. 1:20).


Jusab-hesed


(heb. Yûshab jesed, "la bondad es devuelta [recompensada]").


Hijo de Zorobabel y descendiente de David (1 Cr. 3:1, 19, 20).


Justicia


(heb. tsedeq y tsedâqâh, que significan "[lo] correcto", "rectitud", "justicia", "equidad", "piedad"; gr. dikaiosún', "justicia". rectitud"; dík'; estos vocablos se refieren tanto a la norma recta como a la acción ordenada y justa).


Otros términos para "justicia" son el heb. mishpât (del verbo shâfat, "juzgar"), que compren de tanto el derecho establecido como el acto justo, la norma jurídica y su recto uso; heb. jesed y gr. éleos, que acentúan los sentimientos de humanidad en las relaciones humanas; heb. jôq o juqqâh (de la raíz verbal jqq, "grabar") y gr. dikáiÇma ("regla", "exigencia", "mandamiento", "acto justo"), que de la ley escrita pasan a designar el derecho derivado de dicha ley. 687


Estado en el que existe una correcta relación entre el hombre y Dios, dentro de los límites de la comprensión finita del hombre de la voluntad y del propósito divino. La justicia de Dios es absoluta, y equivale a la plenitud e infinita perfección del carácter divino. Pero el hombre no tiene absolutamente ninguna justicia por sí mismo. "Todas nuestras justicias [son] como trapos de inmundicia" (ls. 64:6), y Pablo declara que "en mí... no mora el bien" (Ro. 7:18). En consecuencia, cualquier justicia que el hombre tenga es de Dios, en virtud de su relación con él, porque procede de Dios. El pecador arrepentido entra en este estado de justicia cuando por fe la acepta como don gratuito del Cielo. Tal fue el caso de Abrahán (4:3, 20-23), quien estuvo listo para recibir con gozo lo que Dios pudiera revelarle como su deber y hacía con alegría todo lo que Dios le ordenaba.


El estado de justicia en el que entra el pecador arrepentido cuando es justificado por fe es de "paz para con Dios" (Ro. 5:1). Fue la obediencia de Cristo a los justos requerimientos de la ley lo que le permitió justificar o declarar justos a los que vienen a él por la fe (vs 16-19). En virtud de esta correcta relación en la que entra el cristiano, éste puede llevar los "frutos de justicia" (Fil. 1:11; cf Ro. 7:19-8:4; Gá. 2:20). Sin embargo, una vida justa que siga a la justificación no nos produce méritos ante Dios, porque ningun acto humano puede ser meritorio a su vista. Pero sin los frutos exteriores de justicia (Gá. 5:22, 23) no puede existir en el corazón un estado de relación correcta con Dios. Una fe no acompañada por las "obras" que la fe produce, es "muerta en sí misma" (Stg. 2:17); es espuria.


Los judíos llegaron a creer que la justicia se podía obtener por una observancia puntillosa de la ley. La conformidad mecánica con la norma de justicia prescripta por ella era considerada como suficiente para que el hombre fuera hecho justo, sin fe en la gracia de Dios. Antes de su conversión, Pablo era irreprensible" "en cuanto a la justicia que es en la ley" (Fil. 3:6). Esta justicia legal no dejaba lugar para el ejercicio de la fe, Porque "si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo", declaró enfáticamente Pablo (Gá. 2:21). "Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él" (Ro. 3:20). Véanse Justificación; Santificación.


Justificación


(gr. dikáiÇma, "exigencia", "acto justo", "estatuto", "sentencia judicial", "declaración de justicia", dikáíÇsis, "justificación", "vindicación", "absolución").


El verbo "justificar" aparece con mucho más frecuencia que el sustantivo "justificación".


En el uso teológico, justificar es el acto divino por el cual Dios declara justo a un pecador penitente, o lo considera justo. La justificación es lo opuesto a la condenación (Ro. 5:16). Ninguno de los 2 términos especifica cómo es el carácter, sino sólo la situación ante Dios. La justificación no es una transformación del carácter inherente; no produce justicia, así como la condenación no produce pecaminosidad. Una persona cae bajo la condenación por causa de sus transgresiones, pero, como pecador, puede experimentar la justificación sólo mediante un acto de Dios. La condenación se gana o se merece, pero la justificación no puede ser ganada: es un "don" gratuito o inmerecido. Al justificar al pecador, Dios lo absuelve, lo declara justo, lo considera justo, y lo trata como a una persona justa. La justificación es tanto el acto de absolver como la declaración correspondiente que afirma que existe un estado de justicia. Las acusaciones de maldad son canceladas, y el pecador, ahora justificado, llega a estar en una relación correcta con Dios (que Pablo describe como de "paz para con Dios"; Ro. 5:1). El estado de justicia que el pecador alcanza por medio de la justificación es imputado (4:22), es decir, se le cuenta como justicia (vs 3, 4). Cuando Dios imputa justicia al pecador arrepentido, figuradamente pone la expiación provista por Cristo y la justicia de él como un crédito en los libros del cielo, y el pecador se encuentra ante Dios como si nunca hubiera pecado.


La justificación presupone que Dios tiene una perfecta norma de justicia, mediante la cual espera que los seres creados ordenen su vida, y que él demanda una obediencia perfecta a esta norma. Teóricamente, Dios no podría condenar a un hombre que nunca hubiera violado esta norma (Ro. 2:13), pero dado que todos lo hemos hecho (3:10, 23). La ley divina -toda la voluntad revelada de Dios con respecto al hombre- es así una expresión, un reflejo de su propio carácter y una norma que deben alcanzar todos los seres creados.


La justificación es necesaria porque "todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios" (Ro. 3:23; cf v 10). Sin ella, los pecadores nunca podrían ser aceptos por Dios, sino que permanecerían en un estado de perpetua hostilidad contra él. La justificación es posible por causa de la gracia divina, o su disposición a no considerar a los pecadores como responsables por sus errores, con la condición de que acepten la justicia provista por él 688 "a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados" (vs 24, 25), y en virtud de la justicia de Cristo (5:18). La provisión de justicia es el don de su Hijo, "el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación" (Ro. 4:25; 5:16, 18; cf Jn. 3:16). Cuando, por fe, el pecador acepta la muerte vicaria de Jesucristo como el justo castigo por sus propias ofensas, Dios a su vez acepta la fe del pecador en vez de su justicia personal, y pone la justicia de Jesucristo en su crédito. La resurrección de Jesús fue tan esencial "para nuestra justificación" como lo fue su muerte en la cruz (Ro. 4:25). La justicia estricta no provee escape del castigo por el pecado: la muerte. Por eso Cristo sufrió ese castigo en la cruz. Pero así como su muerte es una demostración de la justicia divina, la resurrección (que lo liberó de ese castigo) es una demostración de la misericordia divina y de la disposición de Dios de transferir los méritos de la muerte vicaria de Cristo a los pecadores que están dispuestos a aceptar su bondadoso regalo. Si Jesús hubiera permanecido para siempre en la tumba, no habría evidencia objetiva de que Dios puede y quiere justificar a los pecadores (Ro, 4:24, 25). Por ello, la fe en un Señor resucitado nos permite aceptar la justificación por Cristo, y nos capacita para ello. Somos "justificados en su sangre" y "salvos por su vida" (5:9, 10).


La contrapartida o el complemento del acto de gracia de Dios al justificar es la fe del pecador que se extiende para aceptar la gracia ofrecida (Ro. 5:1,2). Por sí mismo, el hombre no puede hacer nada para obtener la justificación. Al ejercer fe confiesa su incapacidad de llegar a un estado de justicia por sus propias obras. Dios reconoce su fe y lo justifica y "ahora... ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (8:1): ahora es un "justo" (gr. díkaios: Ro. 5:19, etc.) ante Dios.


La justificación tiene aspectos negativos y afirmativos. Consiste primero en el perdón de los pecados (Ro. 4:5-8), pero éste está acompañado por una declaración de que el pecador perdonado ha sido restaurado al favor divino.


Pablo describe esta relación correcta como estar "en paz para con Dios" (5:1), o "reconciliados con Dios" (v 10). El dolor por el pecado (Lc. 18:13, 14) y un deseo profundo de estar bien con Dios (Mt. 5:6) son prerrequisitos para la justificación. Luego surge la fe para aceptar la divina provisión de gracia (Ro. 4:4, 5, 16, 24). Esta debida relación con Dios otorga al pecador arrepentido su título para el reino de los cielos. Por esto Jesús pudo asegurar al ladrón en la cruz que estaría con él en el Paraíso (Lc. 23:43).


La justificación otorga al pecador arrepentido el derecho a entrar en la carretera al reino y viajar por ella, pero no le concede el poder para avanzar por la misma. Ese poder es impartido por la morada de Cristo en la persona (Gá. 2:20), mediante el proceso de la santificación que dura toda la vida. Por la fe en la muerte de Cristo, el pecador justificado se levantará para andar "en vida nueva" (Ro. 6:4, 5). Aunque la justificación no le da el poder para caminar por el camino a una vida nueva en Cristo Jesús, supone que ésa es su intención. En realidad, la justificación sería inútil si rehusara hacerlo, y a menos que suceda esa experiencia, no habría evidencias de que ha ocurrido la justificación. La vida posterior testifica de la realidad de la justificación. La justificación y la santificación son 2 pasos en la salvación. Una vida en Cristo significa crecer en la gracia (2 P. 3:18), un crecimiento hasta llegar a la plena estatura de Cristo (Ef. 4:15).


Justo


(gr. Ióustos [ 1, 3; del lat. Justus, "justo", "recto"]; gr. Titíou Ióustou [2], donde Titíou sería una transliteración del lat. Titius; ambos nombres, tanto en gr. como en lat., aparecen en inscripciones de la época apostólica: gr. díkaios [4]).



1.


Sobrenombre de José, también llamado Barsabás, un candidato a ser apóstol después de la muerte de Judas (Hch. 1:23). Véase José 13.



2.


Hombre de Corinto, cuyo nombre completo era Tito o Ticio Justo según algunos manuscritos (véanse BJ, DHH, NBE, LPD), un prosélito o, más probablemente, un gentil amigo de la religión judía que todavía no había llegado a ser un prosélito judío. Su hogar estaba junto a la sinagoga judía, y cuando los judíos expulsaron a Pablo de ella, el apóstol hizo de la casa de Justo el centro de su misión (Hch. 18:7, 8).



3.


Cristiano de Roma, cuyo nombre completo era Jesús Justo. Era un cristiano judío, compañero de trabajo de Pablo, que envió saludos a la iglesia de Colosas (Col. 4:11).



4.


Para el concepto de "justo" como persona de andar recto y justificado delante de Dios, véanse Justicia; Justificación.


Juta


(heb. Yûttâh, tal vez "extendido [esparcido, prolongado]").


Pueblo situado en la región montañosa de Judá. Fue asignada a los sacerdotes y considerada ciudad de refugio (Jos. 15:55; 21:16) ahora es la aldea de Yattâ, a unos 7 km al sur de Hebrón. Mapa XIV, F-3. 689







K




Karaim


(heb. Qarnayim, "dos cuernos").


Ciudad en Basán. En Gn. 14:5 se la menciona en conexión con Astarot, que probablemente estaba situada cerca de ella. Los registros asirios se refieren a Kamaim como Qarnini, y 1 Mac. 5:43 la llama Carnáyim. La ciudad ha sido identificada con el montículo notable de Sheikh Sa{ad, a unos 37 km al este del Mar de Galilea, en la región de Haurán. Allí se encontró una estela de Ramsés II que lleva una inscripción jeroglífica muy deteriorada, aparentemente dedicada a una deidad local llamada 'Adona' Tsafôn, "el señor del norte". También de este lugar proviene un león hitita esculpido, bien conservado, que perteneció a un palacio o la puerta de un templo (hoy en el Museo de Damasco). Estos monumentos muestran que Karnaim debió haber sido una ciudad importante en el 2º y el 1º milenios a.C. Allí trabajó por poco tiempo, durante 1924, una expedición arqueológica bajo la dirección de Hrozný. Mapa VI, C-5. Véase Astarot Karnaim.


Bib.: B. Hrozný, Syria 5 (1924):166, 207-209, lámina LII.


Keila


(heb. Qe{îlâh, quizá "fortaleza" o "cercado"; Cartas de Amarna, Qilti).



1.


Pueblo fortificado de los cananeos. Estaba en la Sefela y pertenecía a Judá
(Jos. 15:44). Cuando huía de Saúl, David expulsó a los filisteos que molestaban al pueblo, pero no pudo confiar en los habitantes de la localidad, porque temía que lo entregaran a su progenitor (1 S. 23:1-13). El pueblo volvió a ser habitado después del exilio, y parece haber estado a la cabeza de un distrito doble (Neh. 3:17, 18). Ha sido identificado con Khirbet Qîl~, a unos 13 km al noroeste de Hebrón. Mapa VI, E-2/3.



2.


En la frase "Keila garmita" (1 Cr. 4:19), Keila aparentemente es el pueblo mencionado arriba, ya que muchos de los nombres en ese capítulo se refieren a localidades. Sin embargo, el significado de "garmita" es desconocido.


Kelaía


(heb. Qêlâyâh, tal vez "Yahweh ha deshonrado").


Levita que estaba casado con una mujer extranjera en tiempos de Esdras (Esd. 10:23). Como el hombre es identificado con 2 nombres, se puede suponer que uno de ellos era un sobrenombre o apodo. Véase Kelita.


Kelita


(heb. Qelîtâ', quizá "enano").


Levita que, junto con otros, se unió con Esdras para exponer la Ley de Dios (Neh. 8:7). También puso su sello en el pacto de Nehemías (10:10). Algunos creen que es el mismo Kelaía.*


Kemuel


(heb. Qemû'êl, tal vez "asamblea de Dios" o "levantado por Dios").



1.


Hijo de Nacor, hermano de Abrahán, y de Milca (Gn. 22:20, 21).



2.


Dirigente de la tribu de Efraín. Fue miembro de la comisión que estuvo a cargo de la distribución del país bajo Josué (Nm. 34:24, 29).



3.


Levita en el tiempo de David (1 Cr. 27:17).


Kenat


(heb. Qenâth, "posesión"; Cartas de Amarna, Qanû).


Pueblo cananeo situado en la ladera oriental del Haurán y en el extremo noreste del territorio israelita. Fue conquistado por Noba, miembro de la tribu de Manasés, que lo llamó por su propio nombre (Nm. 32:42). Sin embargo, parece haber sido mejor conocido por el nombre anterior (1 Cr, 2:23). Josefo registra una derrota de Herodes el Grande ante los árabes en ese lugar. Ha sido identificado con Qanawât, a unos 88 km al este del Mar de Galilea. Pero otros, sobre la base de 8 inscripciones, la identifican con Kerak, a unos 21 km al oeste de la región de Qanawât. Mapa VI, C-6.


Bib.: FJ-GJ i.19.2.


Keren-hapuc


(heb. Qeren happûk, "cuerno de maquillaje [la belleza, pintura negra para los ojos]").


Hija menor de Job, que nació después de su gran tribulación (Job 42:14).


Kibrot-hataava


(heb. Qibrôth ha-ta'awâh, "sepultura [tumba, sepulcro] de codicia [los codiciosos, la concupiscencia]").


Lugar donde acamparon los israelitas durante su peregrinación por el desierto (Nm. 33:16, 17), entre el monte Sinaí y Cades; no identificado con certeza. Muchos israelitas murieron y fueron enterrados allí como resultado de una plaga que cayó sobre ellos por codiciar carne (Nm. 11:18, 34, 35; Dt.
9:22
). 690


Kibsaim


(heb. Qibtsayim, "dos montones").


Ciudad en el territorio de Efraín (Jos. 21:22); posiblemente Jocmeam* 2.




















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SOUV2BalaramScaGoudyFOLIO 4.2Biblica Font







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